viernes, 29 de junio de 2007

Silogismo

Me encontré con Emilio el otro día en el metro. Se había afeitado y puesto un traje azul, la gomina brillaba en su pelo, el betún en los zapatos castellanos; tenía mal aspecto. Iba sentado en uno de esos asientos reservados para los ancianos y entro uno. Bueno, una. Bueno, una señora viejecita con una redecilla rosa en el pelo -de esas que en las peluquerías se dan brillos violetas en el pelo para rodarse de un aura de santidad cuando el sol atraviesa la pelusilla que otrora fue frondosa cabellera.

Emilio se levantó "ipso facto" y le ofreció el asiento a la abuelita de Caperucita:
-Gracias -contestó ella-, pero me bajo enseguida.
- Pero si no es molestia, señora -le espetó él-. Además, aquí lo pone.
Y le señaló la abstracción icónica de un anciano sobre el respaldo del asiento.
- Pero es que me bajo enseguida y no puedo doblas las rodillas por la artrosis.
- Pero, señora, éste es un asiento reservado a las personas mayores. Vd. es una persona mayor y tiene que sentarse en él.
- ¡Qué no, jóven! No se moleste.
- No, si no es molestia. Sólo quiero que se cumplan las normas.

Y la cogió de la cintura, la levantó en volandas y la depositó no sin cierto cariño en el asiento reservado para ella, que le miró y le soltó un acojonado "gracias". Nos despedimos tres paradas más allá.


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