Emilio se levantó "ipso facto" y le ofreció el asiento a la abuelita de Caperucita:
-Gracias -contestó ella-, pero me bajo enseguida.
- Pero si no es molestia, señora -le espetó él-. Además, aquí lo pone.
Y le señaló la abstracción icónica de un anciano sobre el respaldo del asiento.
- Pero es que me bajo enseguida y no puedo doblas las rodillas por la artrosis.
- Pero, señora, éste es un asiento reservado a las personas mayores. Vd. es una persona mayor y tiene que sentarse en él.
- ¡Qué no, jóven! No se moleste.
- No, si no es molestia. Sólo quiero que se cumplan las normas.
Y la cogió de la cintura, la levantó en volandas y la depositó no sin cierto cariño en el asiento reservado para ella, que le miró y le soltó un acojonado "gracias". Nos despedimos tres paradas más allá. 
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