martes, 17 de julio de 2007

"¿Por qué todo puede convertirse en una patochada?"

¿Por qué todo puede convertirse en una patochada? Así reza un comentario a un plagio biográfico de "El gran Leboski" sito en esta página. Lo primero que se me ocurre es preguntarle al comentador: ¿todo es susceptible de convertirse en una patochada? Creo que no y, de hecho, voy a intentar bosquejar una respuesta seria al enigma.
El diccionario de la RAE define patochada como disparate o despropósito, cosa necia o grosera. Las dos primeras acepciones convendrían al verbo "convertir(se)" en un sentido objetivo -por ejemplo, al golpe de viento en "Leboski" que devuelve las cenizas del difunto a sus amigos, arruinando el único momento dramático de la película; sería la cualidad inesperada de las situaciones que las torna risibles o ridículas, evacuando la carga simbólica que tuvieran. Las dos segundas acepciones, convendrían al verbo en un sentido subjetivo: "¿por qué conviertes todo en una patochada?" -sería el caso de los hermanos Cohen arruinando intencionalmente el único momento dramático de la película con su negro humor. Aunque acaso, en ambos la manipulación del verbo sea siempre subjetiva, pues, ¿no introducimos nuestra voluntad en las situaciones dotándolas de sentido?
Si así fuera, estaríamos discutiendo en los términos de "El nombre de la rosa" (¿rosa?), en la polémica sobre el desaparecido libro de la "Poética" de Aristóteles, o en los términos de Luciano de Samósata (siglo II), cínico literario que en su literario Menipo así sentencia: "¡dedícate a vivir de buena forma el presente, riéndote de la mayoría de las cosas y sin tomar nada en serio!". Pero ambos casos están prohibidos. El de Umberto, porque no estamos planteando la polémica en términos religiosos o antropológicos. El segundo, porque Chestertón asienta que los más sofistas de los sofistas son los gimnosofistas. Pero, ¿en qué términos estamos planteando la cuestión?
Qué el anónimo retome la cuestión antes de que este blog se torne serio. Primero, diciendo si lo toma en un sentido objetivo o subjetivo y, segundo, a cual (o cuales) de las cuatro acepciones del término se refiere. Y si hay algo personal en el asunto (por ejemplo, algún comentario zafio en alguno de sus blogs.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Pues mire usted pero, aunque no le he entendido muy bien sus razones, creo que me refería a las primeras acepciones. Todo puede convertirse, es susceptible de ser convertido por otro en realidad, normalmente un "artista", en una patochada en el sentido de disparate. Efectivamente, el asunto va por la escena de los Cohen. La posible carga dramática de la escena desaparece por la patochada que introducen los cohen. Y lo mismo con su bios.

Pero, no, yo tampoco creo que todo pueda convertirse en una patochada. Al menos en cuanto a la vida nuestra de cada día. Sería terrible. Un infierno. Nos queda, eso sí, la ironía para afrontar el drama de la vida que, sin llegar a la patochada del crador, que roza lo necio y grosero cuando está fuera de lugar, nos relaja la mandíbula y nos prepara para la acción... así:

"Eso era muy propio del capitán: encarar cada uno de sus males y desgracias como una especie de broma invevitable a la que un viejo conocido de perversas intenciones se divirtiera en someterlo de vez en cuando. Quizá ésa era la causa de su peculiar sentido del humor áspero, inmutable y desesperado". De A.PérezReverte.

¿No lo cree usted asín?

Tetra Brik dijo...

La cita que Vd. muestra introduce una voluntad en las cosas, las antromorfiza. Los griegos atribuían a los dioses un peculiar sentido del humor y podemos ver un residuo de esta tendencia en esa cosa gilipollas denominada "leyes de Murfi". Pero hablar de una voluntad en las cosas nos remite al sentido subjetivo de la proposición igualmente (la antropomorfización de la realidad nos remite al hombre). Desde ahí tendríamos que distinguir entre el que convierte las cosas en patochadas sin quererlo (el patoso, metepatas; necio en última instancia) y el que lo hace aposta (Diógenes el cínico o Emilio Bienmejode).
Pensándolo bien, sí creo que todo pueda convertirse (inintencionalmente) en una patochada. Un acto tan solemne como la Misa resulta una patochada cuando se celebra inadecuadamente. Y no te hablo del suicidio ritual de Mishima, que se convirtió en una patochada no tanto por la chapucera decapitación de Narita como por la consideración (algo cínica) de que se trataba de un acto quijotesco.
Pero no creo que todo sea susceptible de ser convertido aposta en una patochada.
¿O sí?

Tetra Brik dijo...

En cuanto a la iron�a que caracteriza a los h�roes -y que les hace afirmar, por ejemplo, que no huyeron porque no hab�a lugar donde esconderse o que avanzaron hacia el enemigo porque era el camino m�s corto hacia casa-, no creo que tenga que ver con la patochada precisamente por las segundas acepciones del t�rmino. Al contrario, la iron�a es contraria a la necedad y su ingenio contradice la groser�a.

Anónimo dijo...

Dios nos dé ironía, pues.
De la patochada y la necedad líbranos.

Anónimo dijo...

Para empezar, me gustaría negar el sentido objetivo de la proposición: las cosas no tienden por sí mismas a convertirse en una patochada si no es por una causa accidental o arbitraria. Que el viento volviera las cenizas contra el rostro de los dos amigos del finado, despojando de toda solemnidad a la situación es cosa que podría haber pasado o no. Igual que la inexperiencia de Narita convirtió el 'sepukku' de Mishima en una cosa grosera.

Otra cosa es que introduzcamos una voluntad en las cosas. pero algo tan gilí como las "leyes de Murphy" sólo tiene sentido como residuo de un tiempo en que los acontecimientos impersonales estaban guiados por la voluntad de una persona mayor: los dioses, Dios o, en última instancia, la Vida. Pero esta antromorfización (legítima o no) de los contecimientos nos sumerge, ya, en el sentido subjetivo de la proposición.


Hablar de disparate o de despropósito supone introducir una voluntad, un sentido personal, en esas situaciones. Sin entrar en si todas o sólo algunas situaciones son susceptibles de convertirse en despropósitos, diríamos que la primera explicación de las que lo hacen está contenida en la misma definición de 'patochada': la necedad del sujeto.
Estaríamos hablando del patoso o metepatas que, sin pretenderlo, accidentalmente, hace cosas disparatadas como meter las cenizas de un amigo en un bote de gominolas, o que dice chorradas en una cena o cosas que no vienen a cuento en una conversación. En general, es gente incapaz de mantener los convencionalismos sociales; grosera. Pero hay gente que cultiva esta actitud a propósito. El último del que tengo noticia es ese Emilio Bienmejode que aparece en esta página; diógenes "el perro", el primero del que oí hablar.

Anónimo dijo...

[SIGO]
La actitud descarada, desvergonzada, de los cínicos equivale a un desprecio por los convencionalismos sociales; lo opuesto al sentido romano de la decencia. Es la actitud grosera de un Diógenes masturbándose en el ágora (públicamente, por tanto). Es la objeción, tildada de necia por Platón, de Diógenes de que mientras que veía vasos y mesas por doquier, la "mesidad" y la "vaseidad" no la había visto en sitio alguno -Platón le apunta: porque se ve con los ojos de la inteligencia. Pero allí donde los griegos veían una actitud disparatada por indecorosa, los cínicos pretendían desenmascarar con propósitos pedagógicos un despropósito por parte de los mismos atenieneses: aquél que, desde la oposición ideológica entre 'physis' y 'nomos', envolvía al hombre en una artificiosidad que lo alejaba de la vida buena de los (gimno)filósofos.
La reflexividad se rompe cuando tomamos en cuenta la última acepción, subjetiva e intencional, del término: tan necio era Platón a los ojos de Diógenes como lo era Diógenes a las barbas de Platón, pero es que el perro era además grosero.

Y pregunto: ¿por qué ser grosero?, ¿por qué no oponer a la definición de hombre de Platón la definición de hombre de Diógenes?, ¿por qué soltar un pollo desplumado en un acto tan solemne?
Acaso Diógenes fuera un necio, incapaz de armar una definición -porque su talante histriónico (disparatado) lo damos por supuesto. Pero de lo que no hay duda es que su gesto apunta a una incorrección en la definición platónica -y, dicho sea de paso, en el idealismo platónico. Pero, ¿por qué se negaba a hacer filosofía académica?
Las razones que el cinismo esgrimía son de sobras conocidas: la filosofía es una disciplina práctixca, atlética, acaso vital, que se desenvolvía en el dominio de la virtud somática. La grosería sería la oposición práctica al idealismo cuando éste se entiende como intelectualismo, tanto en los términos del discurso como en el discurso mismo.

Tetra Brik dijo...

Agradezco a Gabriel María la prolijidad de sus comentarios, que desbordan ampliamente las pretensiones intelectuales de este blog y no alcanzan, siquiera un poquito, a las humorísticas. Y respondo:

sus comentarios constituyen una justificación de las patochadas filosóficas de un diógenes, pero, ¿qué tienen que ver con Emilio Bienmejode? De él no podemos afirmar que sea filósofo excepto en el sentido que lo decimos de todo hombre civilizado (con la excepción posible de Zapatero). Preguntémosle:

BRK: Emilio, "¿por qué todo puede convertirse en una patochada?".
EB: No lo sé. ¿Por qué?
BRK: No lo sé.
EB: Yo tampoco.
BRK: Pues a esTo me refiero, ¿por qué conviertes todo en una patochada? Y no me digas que no lo sabes porque si no lo sabes tí, ¡quién lo va a saber!
EB: Si fuera un personaje literario diría que mi autor, pero desde que leí a Descartes me cuesta un poco dudar de mi existencia.
BRK: ¿Entonces?
EB: ¿Te he contado la historia del día que salí a conquistar el mundo y encontré un zapato?
BRK: No, ¿cómo fue?
EB: Salí a conquistar el mundo y encontré un zapato.
BRK: Vaya, ¿de qué número?
EB: No lo sé.
BRK: Pues yo tampoco sé por qué eres tan patoso. ¡Confiesa!
EB: Una vez lo hice por aburrimiento. Otra, por fastidiar. Otra, porque me pareció divertido.
BRK: ¡No se puede hablar contigo!
EB: ¿Ah, no? ¿Y qué llevamos un rato haciendo?