La división política que a España atormenta tiene su microcósmica correspondencia en el seno del estudio. Ante los inquietantes hechos que se están produciendo en la sala de impresión, la población laboral se ha escindido en dos sectores. Los conservadores hablan de que la impresora está encantada -un 'poltergeist' para los neocon-, mientras que los progres hablan de un virus (o una Inteligencia Artificial para el sector ciberponk). El caso es que ocurren cosas espeluznantes. El otro día se imprimió un discurso de Franco en el Palacio Real. Como si de un nuevo Balmez se tratase, aparecen caras, siluetas, manchas facciosas en los papeles y no es raro oír una música como de postguerra en las inmediaciones de la sala de reproducción.
Menos llamar a un cura (que sería lo más lógico), se ha intentado de todo: pegar adhesivos de Psoe en la susodicha máquina, innumerables letanías de canciones de Sabina en el ordenador incluso una foto de ZP en el salvapantallas. Pero nada.
Y a algunos le están creciendo las patillas.
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