Jamás los enemigos de España hicieron tal destrozo con los Tercios como Espartano y yo aquélla tarde de viernes. Jamás sino en Rocroi -pero con Rocroi no se bromea, acaso diría Celta Ceñudo- y no llegamos a tanto, que por muchos tercios que acabamos, más quedaron en el bar. Pero como soldados voluntariosos, ignoramos la enormidad de las fuerzas contrarias y nos pusimos a trasegar cerveza como si la vida nos fuera en ello. La vida... o la garganta, que hablar da mucha sed. Y si es hablar de España, difícil es acallarla.
En siete horas de charla regamos nuestra amistad, le hicimos la visita médica al país, cantamos para animarle y nos fuimos a dormirla -cada uno a su casa.
Cualquier alegre compañía -y duda no cabe de que Vd.s lo son- será bien recibida en sucesivas refriegas.
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