Paseaba ayer tarde con el perro por la calle de Alcalá, cuando Agorafobia me cogió desprevenido. Debía estar escondida en algún portal porque no la sentí llegar. Me cogió del brazo y me llevó corriendo a casa. Una vez allí, me pasó a una prima suya. Subió con Huan y conmigo en el ascensor de madera y su rostro no se reflejaba en el espejo. Ya en casa, se dedicó a hacer de las suyas: contrajo mi estómago y mi cara hasta convertirla en una máscara y atenazó los dedos de la mano izquierda hasta que ésta se tornó en garra. Huan, el perro, miraba sin comprender.
martes, 10 de julio de 2007
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